6 de septiembre de 2019

LOS PREJUICIOS: la importancia de la imagen corporativa

Durante el día, tomamos una media de 35.000 decisiones al día. Si esta cifra te parece increíble, es porque más del 99,74% de las decisiones, las toma tu cerebro de manera automática basándose en información que tenemos en nuestro subconsciente.

Si bien está toma de decisiones automática nos permite concéntrarnos en asuntos más relevantes, no es perfecta. Un ejemplo de ello son los prejuicios.
Los prejuicios son juicios hacia una persona o grupos de personas, que por ciertos atributos, nuestro cerebro identifica con un estereotipo generalmente negativo. Estos se forman a partir del primer contacto con una persona y son difíciles de canviar.

Por lo tanto, aunque nuestro cerebro nos intente hacer las cosas fáciles tomando el rol de gestor clasificador de información, a veces nos boicotea en nuestras relaciones con los demás.

Necesitamos tan solo tres segundos para formarnos una imagen mental de otra persona y establecerle una etiqueta (prejuicio). Las marcas y las empresas también sufren de prejuicios.


 Es por eso que es esencial cuidar la imagen corporativa y la identidad corporativa, ya que, si un potencial entra en tu web y ve desorden y poca coherencia o ve una empresa sin logodatos de contacto o poca información lo más posible es que piense que no eres una empresa de fiar o eres poco profesional.

A sí pues, en un mercado tan competitivo como el actual, las empresas han pasado a ser victimas de los prejuicios, haciendo que se perciba antes la calidad a partir de la imagen que transmite la empresa, que en los productos y servicios.
Como profesional en comunicación, creo que aunque la mejor publicidad es un buen producto/servicio, las marcas, igual que los platos, deben entrar primero por los ojos.

2 de septiembre de 2019

Escucha #ModeOn


¿No os ha pasado que habláis y sentís que os responden con algo que no viene a cuento o no os prestan ni atención?

Esto pasa en cualquier situación, tanto en nuestra vida personal como entre compañeros de trabajo, clientes o proveedores. Y aun peor: muchas veces, sin darnos cuenta, nosotros también lo hacemos. En mi opinión, la mala calidad de la escucha es fuente de grandes problemas de comunicación. De hecho, el problema no suele estar en el mensaje, está en qué se presta atención y en cómo se interpreta.

En los años 40, se describió por primera vez el concepto de escucha activa. Esta venia de la mano de la terapia del psicólogo y doctor Carl Rogers que proponía utilizar cómo terapia la escucha plena y sin interrupciones para que el paciente pudiese resolver sus conflictos mediante la libre verbalización de ellos. No fue hasta 2002 que Michael Rost definió el concepto en su Teaching and Researching Listening.  En él se define como “el proceso de escuchar para comprender la comunicación des del punto de vista de quien habla”, al contrario de las tan comunes escucha selectiva (sólo escuchamos lo que nos interesa) y escucha apreciativa (escuchamos sin prestar atención en el contenido)

La escucha activa es beneficiosa en el lugar de trabajo ya que permite detectar problemas y aumentar la productividad al minimizar los malentendidos. También mejora las relaciones interpersonales ya que las personas sienten que sus ideas son escuchados y valoradas. Otros beneficios son la reducción de la tensión, incremento de la motivación, mejora de la toma de decisiones y estimulación de la cooperación.
Ahora bien, pese a que la teoría suene muy fácil, hay varios obstáculos que nos impiden escuchar activamente a los demás. El primero es la atención dividida que se refiere a cuando estamos atendiendo a diversos estímulos o tareas y nosotros o el usuario nos vemos en una posición incómoda para la comunicación. El segundo obstáculo es que mientras estamos escuchando al otro ponemos demasiada atención sobre nosotros mismos (cómo nos sentimos, qué nos evocan las palabras del usuario) y dejamos de escuchar al otro para escuchar nuestras mentes. Aunque antes de encontrarse obstáculos, uno debe querer escuchar de verdad. Debe haber la voluntad de querer escuchar activamente, escuchar para entender.


Personalmente, me considero defensora de la escucha activa y disfruto practicándola,  en mi entorno personal y profesional. En mi opinión, todos deberíamos estar dispuestos a escuchar más a los otros. 

De hecho, un sabio dijo una vez: “La naturaleza nos dio dos ojos, dos orejas y una boca para que pudiéramos observar y escuchar el doble de lo que hablamos.” Si todo el mundo pensará así, habría más paz y menos guerras.

Jacqueline C. Ruiz

DELEGAR: Cuando la mochila pesa menos se llega más lejos


Cuando eres líder de un equipo, empresa o cualquier tipo de organización, eres quién sabe, más que nadie, todo lo que se tiene qué hacer. En este momento, es cuando uno se carga a la espalda una mochila inmensa llamada “tareas pendientes” y empieza a subir la montaña, ya que le han dicho que, en la cima hallará el éxito.

Al principio crees que tú puedes con todo, pero a medida que vas subiendo te das cuenta qué o te desprendes de algo o tardarás mucho más o directamente nunca llegarás.
Está claro que para el bienestar de la empresa y de uno mismo, uno debe aprender a delegar y dar responsabilidades, funciones o poderes a otros miembros del equipo para que lo ejecuten por él. 

Pese a que nadie disfruta con el acceso de trabajo delegar no es un concepto innovador, ¿por qué no lo hacemos? El problema radica en la falta de confianza en los demás y uno mismo
.Por un lado, la falta de confianza con uno mismo se debe al miedo a volvernos imprescindibles. Es miedo a que la persona a la que le delegamos la tarea lo haga mejor que nosotros y perdamos la valía.

Por otro, nos falta confiar más en los demás y en su trabajo. Hay veces en las que uno no delega una tarea por que cree que sólo él es capaz de hacer las coses bien, y esto es una creencia limítate ya que se puede seguir distintos caminos para terminar en un mismo punto: en el de una tarea bien realizada. Debemos comprender que todas las personas somos diferentes y tenemos un “modus operandis” distinto, pero uno no es mejor que el otro cuando se alcanzan los resultados esperados.

A mí, personalmente siempre me había costado delegar, pero, con el tiempo, he visto que delegando ciertas funciones me puedo centrar más en la toma de decisiones y en la realización funciones directivas.  El equipo también se siente cómodo viendo que confío en ellos para llevar a cabo ciertas acciones.  Además, para mí también ha sido importante aprender a delegar ya que me permite entender cómo se sienten mis clientes cada vez que dejan en mis manos algo tan importante cómo su imagen corporativa.

Jacqueline C. Ruiz