2 de septiembre de 2019

Escucha #ModeOn


¿No os ha pasado que habláis y sentís que os responden con algo que no viene a cuento o no os prestan ni atención?

Esto pasa en cualquier situación, tanto en nuestra vida personal como entre compañeros de trabajo, clientes o proveedores. Y aun peor: muchas veces, sin darnos cuenta, nosotros también lo hacemos. En mi opinión, la mala calidad de la escucha es fuente de grandes problemas de comunicación. De hecho, el problema no suele estar en el mensaje, está en qué se presta atención y en cómo se interpreta.

En los años 40, se describió por primera vez el concepto de escucha activa. Esta venia de la mano de la terapia del psicólogo y doctor Carl Rogers que proponía utilizar cómo terapia la escucha plena y sin interrupciones para que el paciente pudiese resolver sus conflictos mediante la libre verbalización de ellos. No fue hasta 2002 que Michael Rost definió el concepto en su Teaching and Researching Listening.  En él se define como “el proceso de escuchar para comprender la comunicación des del punto de vista de quien habla”, al contrario de las tan comunes escucha selectiva (sólo escuchamos lo que nos interesa) y escucha apreciativa (escuchamos sin prestar atención en el contenido)

La escucha activa es beneficiosa en el lugar de trabajo ya que permite detectar problemas y aumentar la productividad al minimizar los malentendidos. También mejora las relaciones interpersonales ya que las personas sienten que sus ideas son escuchados y valoradas. Otros beneficios son la reducción de la tensión, incremento de la motivación, mejora de la toma de decisiones y estimulación de la cooperación.
Ahora bien, pese a que la teoría suene muy fácil, hay varios obstáculos que nos impiden escuchar activamente a los demás. El primero es la atención dividida que se refiere a cuando estamos atendiendo a diversos estímulos o tareas y nosotros o el usuario nos vemos en una posición incómoda para la comunicación. El segundo obstáculo es que mientras estamos escuchando al otro ponemos demasiada atención sobre nosotros mismos (cómo nos sentimos, qué nos evocan las palabras del usuario) y dejamos de escuchar al otro para escuchar nuestras mentes. Aunque antes de encontrarse obstáculos, uno debe querer escuchar de verdad. Debe haber la voluntad de querer escuchar activamente, escuchar para entender.


Personalmente, me considero defensora de la escucha activa y disfruto practicándola,  en mi entorno personal y profesional. En mi opinión, todos deberíamos estar dispuestos a escuchar más a los otros. 

De hecho, un sabio dijo una vez: “La naturaleza nos dio dos ojos, dos orejas y una boca para que pudiéramos observar y escuchar el doble de lo que hablamos.” Si todo el mundo pensará así, habría más paz y menos guerras.

Jacqueline C. Ruiz

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